El silencio se corta, el Señor está en frente, en una enorme esfera dorada que proyecta una agradable sensación a tu interior. Los ángeles susuran unos a otros y los santos permanecen de rodilla. No hay prisa, sólo amor, mucho amor.
Los ángeles agitan las alas y las llamas de las velas se contonéan humeantes. La fragancia del incienso lo purifica todo y el aire en el corazón se vuelve fresco y limpio.
Como trompetas abismales suena la voz del sacerdote: ¡Viva Jesús Sacramentado!,
Yo contemplo la escena, y sin levantar la cabeza contesto asombrado, ¡Viva y de todos sea amado!.
Las parabras de adoración fluyen en el ambiente como ondas de amor que se mezclan armónicamente con las de los otros. A ratos la torpe imaginación se pierde y se escapa, pero las palabras resuenan y son engarzadas por la Madre, que desde el retablo contempla la escena, y forma un rosario de alabanzas.
La luz de las velas balancéa las sombras que con suavidad parecen mostrar un cambio en el gesto de la Virgen: ¡María nos sonríe!.
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