Un niño sollozaba y se sorbía los mocos ante el Sagrario. Estaba triste por las continuas ofensas que le hacían a su Señor. Mientras estaba en esto, una lluvia de pétalos caía de lo alto.
-Jesús, ¿qué está pasando?...
-Hijo mio, son tus besos, que me consuelan.
El niño salió corriendo de la parroquia y volvió a casa muy contento. Su madre, no adivinaba a descubrir que le ocurría, pero estaba especialmente alegre y servicial. El niño se acostó mandando besos al Señor, y como sabía que se dormiría enseguida, encargo a su Ángel de la Guardia, que lo hiciera por él mientras durmiese.
A la mañana siguiente, llegó al colegio y se pasó por la capilla para saludar al Señor. Allí estaban algunos alumnos mayores y profesores rezando... ¡la lluvia de pétalos era espectacular!.
-¡Pero si esté don Seferino, el profesor más gruñón del colegio!, pensó para sus adentros y se hizo el propósito de nuca más juzgar.
Tan ilusionado estaba, que al salir del cole se pasó por un convento de clausura que tienen al Señor expuesto todo el día, un mar de pétalos caía hasta dejar anegado el Sagrario de su fragancia.
Y el niño te pregunta ahora a ti y a mi, ¿llueven pétalos en tu alma en gracia, donde se encuentra el Señor?
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