miércoles, 23 de mayo de 2007

Fundido con Jesús

Había estado jugando, nos lo pasamos muy bien todos los amigos pero al llegar a casa, me vi tremendamente embarrado y sudoroso, y además, con un roto en el pantalón. Era mi pantalón de fiesta, con el que iba a recibir a Jesús.
Me entró mucha vergüenza pero no quise disimular. Llegué a casa y toqué a la puerta, tenía un poco de miedo por la regañina pero me abrió mi madre, María que se alegró mucho al verme regresar. Me besó y me abrazó.
Como soy un niño pequeño, me cogió de la mano y me metió en la ducha, y restregó y restregó, hasta dejarme como un pincel: ¡ay mamá, me haces daño!... pero ella se reía.
Estaba muy contento y limpio, y mientras, San José me había arreglado el pantalón, ¡qué bueno es José!.
Ya estaba preparado por fuera, ahora tenía que ser conciente de lo que iba a ocurrir: me iba a fundir con Jesús en un beso eterno. "¡quién soy yo para que venga el Hijo de Dios a visitarme!".
De pronto, me vi mayor, porque Jesús se había hecho más vulnerable que yo. Y como mi Madre y José, me han enseñado, así quiero yo cuidar de Jesús.
Lo tengo en mi boca, siento la textura del pan que se deshace hasta fundirse conmigo. ¡Es Cristo hecho pan!... "Jesús te quiero y me entrego para siempre a ti".
De rodillas contemplo a Cristo, su sonrisa en luminosa y exuberante, y sus brazos me abrazan haciéndome sentir el Cielo. Puedo oír el canto de mi Ángel, que llama a sus amigos los ángeles de quienes no le reciben para que también le adoren.
Jesús, no quiero irme, quiero estar contigo.

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